El cielo de París ha vuelto a vestirse hoy de gris. Parece estar aburrido, parece querer pasar el tiempo dibujando nubes cenicientas con trazos plateados sobre un lienzo de color perla...
¡Todo es gris hoy en París! En el tren suburbano, tristes ejecutivos de baja gama, ataviados con gabardinas pálidas y zapatos polvorientos, matan el hambre devorando bocadillos exangües. El hollín cubre las ventanas del vagón y los ojos de los transeúntes. El eco sombrío de la soledad resuena en cada estación.
Quedó atrás el amago de primavera en las calles de París: los tulipanes se han marchitado y las violetas y pensamientos han perdido su color. El rojo de las amapolas esporádicas de Port Royal se ha volatilizado dejando tras de sí el tono marronáceo de lo estéril. Todo lo que fue verde como los ojos de una sirena, se tornó en una extraña sequedad pajiza.
El sol atrajo como libélulas a los pequeños y sus mamás hacia los parques secretos de París. Por todos los rincones pululaban como abejas libadoras enamoradas de la flor de la mimosa. Ahora el viento del norte parece haberlos alejado para siempre, y en su lugar no queda más que un vacío sordo y asfalto.
Parecía que las aceras, plenas en otro tiempo de frambuesas, limas, mangos, kiwis, naranjas y granadas, permanecerían para siempre jubilosas de sabor y frescura. La fría lluvia disolvió su jugo y ahora no queda más que la sombra oscura de su ausencia.
Señor Ellington, Abril en París ya no es lo que era.